Humberto Orsini, el imprescindible del teatro venezolano

HUMBERTO ORSINI 1132x670

Caracas, 27 de abril de 2018.- Si tuviera que describir en una sola frase a mi papá, tendría que decir que fue un hombre que vivió intensamente cada momento de su vida, viendo el lado positivo de todo, con excelente disposición, con unos principios pétreos que no cejaron ni un segundo y que lo acompañaron en sus luchas pedagógicas, estéticas, políticas; basados en el más profundo humanismo. Un hombre lleno de amor, vigor y alegría, que perfectamente podría haber sido aquel al que se refirió Brecht cuando habló de los que luchan toda la vida”.

 El ser humano descrito es Humberto Orsini, uno de los gigantes del teatro venezolano. Quien lo describe es su orgulloso hijo, Ilich Orsini. Cualquiera puede pensar que es una visión afectada por el amor filial. Es posible, pero uno habla con mucha otra gente del mundo de las artes escénicas y dicen lo mismo: Humberto Orsini era (es) uno de los imprescindibles.

Y de verdad que luchó toda la vida, una vida larga y fructífera que comenzó en 1926 en el rincón más suroccidental del estado Anzoátegui, en un recodo del río padre llamado Santa Cruz del Orinoco. En una entrevista que le hicieron en 2015, él mismo calculaba que había trabajado durante 82 años ininterrumpidos, incluyendo 13 como pulpero en Ciudad Bolívar, 12 como obrero petrolero en distintos campos del oriente del país y 65 años como teatrero. “Sigan mi ejemplo”, solía decir, entre risas, cuando hacía esta apretada síntesis de su currículum vitae.

A esa cuenta hay que agregarle un poco más de dos años adicionales, porque Orsini trabajó prácticamente hasta su último aliento en este mundo, en octubre de 2017. En los últimos años seguía compartiendo su inmensa sabiduría con los estudiantes de la Universidad Nacional Experimental de las Artes.

Sus comienzos en el mundo maravilloso del teatro fueron allá mismo, en las riberas del Orinoco. Ignacia Mata de Aguirre, una maestra de Clarines que había ido a atender la escuelita de Santa Cruz, organizaba los actos culturales. En uno de ellos encomendó al pequeñito Humberto el papel de un parrandero que llegaba a una fiesta medio ebrio, con un cuatro y una botella de ron.

La maestra era de armas tomar. Como en el pueblo no había sacerdote, ella se vestía como tal y el niño Orsini le servía de monaguillo. A veces hacía oraciones para los fallecidos. “Ella le decía a la gente que si no pagaban por el responso, el muerto no lo escuchaba, así que regresábamos del cementerio con gallinas, plátanos... Nos pagaban en especie”.

El padre, que era un hombre de negocios, lo envió a Ciudad Bolívar a trabajar en una bodega familiar. “Quería que me hiciera hombre”, como se decía entonces. Por fortuna, no se limitó a la labor comercial, sino que asistió a una escuela nocturna para obreros y artesanos. Allí comenzó a destacar en lo que luego sería su oficio de vida: el teatro. Pequeñas obras, apenas escenas fueron sus primeras aproximaciones al mundo de la dramaturgia.

Aparte de comerciante y de hombre de teatro, Orsini pudo haber sido un gran inventor. Era muy curioso con respecto a los asuntos técnicos. A pesar de que solo estudió hasta tercer grado de primaria, sabía de muchas cosas científicas. Hizo una pila rudimentaria que era capaz de encender una luz y también elaboró un radio de galena y un aparato de radiotelegrafía.

Inquieto hasta las fronteras de la cordura, el futuro dramaturgo se leyó íntegramente la Enciclopedia Utilidad, una especie de libro gordo de Petete, precursor de la Wikipedia de los tiempos que corren. “Había de todo: electricidad, magia, botánica...”.

Su primera obra se llamó El conde de Luna, y estaba destinada al teatro de calle de Ciudad Bolívar. Resultó ser demasiado extensa para los actores amateurs de aquella urbe.

De aquella época data un cuento titulado Caura, sobre el tema de la explotación de la sarrapia, una planta que sirve de materia prima para perfumes. Era tal la pasión por la vida y por el trabajo de Orsini, que más de 70 años después tenía el proyecto de desempolvar ese relato y escribirlo de nuevo.

En sus tiempos de obrero petrolero se fajó duro. Trabajó en pozos y hasta puso postes telefónicos en pleno llano. Como había aprendido (siempre autodidacta) a machucar el inglés, la Creole Petroleum Corporation se lo trajo para Caracas.

En 1950 se inscribió en un curso de capacitación teatral del Ministerio de Educación. “Ahí fue donde me impregné del teatro universal (...) Aprendí hace 60 años que el teatro tiene una responsabilidad social que cumplir y todavía estoy fiel a eso, en la misma línea”.

Por su trabajo en la Creole (actual ExxonMobil) no faltó quien sospechara que Orsini era un infiltrado, un agente de la CIA. Luego se disiparían esas dudas, a punta de trabajo intelectual y político. En 1952, en el furor del anticomunismo y en plena dictadura, la escuela fue cerrada. En 1953, varios de los que la integraban, Orsini incluido, fundan el Grupo Teatral Máscaras, del que formaba parte nada menos que César Rengifo.

Tras dejar la Creole en 1958 se fue a viajar por 19 países de Europa durante medio año. Vio cerca de 70 obras en varios idiomas, visitó escuelas de teatro y museos. “Esos seis meses fueron como saltar desde tercer grado a un posgrado en historia del Arte”.

Con ese bagaje desarrolló una obra gigantesca como dramaturgo y como maestro. Su doctrina docente es digna de todos los honores: “Formación teatral no es capacitar a un tipo para que haga papeles. Es formar un ciudadano para ser creador de las artes, capaz de comprometerse con este país”. ¿Alguien duda que es de los imprescindibles?

Texto: Clodovaldo Hernández

Are you looking for the best website template for your web project? Look no further as you are already in the right place! In our website templates section you will find tons of beautiful designs - for any kind of business and of any style. You are in a unique place - join us today BIGtheme NET