Una vida esculpida por la conciencia social

Caracas, 13 de marzo de 2017.- Un pequeño de 8 años, escondía de su padre autoritario su tesoro más valioso: las metras. Había visto alguna vez en una película de piratas que aquellos protegían espiritualmente sus posesiones enterradas con osamentas humanas y se le ocurrió hacer lo mismo para alejar de sus metras a cualquier curioso que pudiera hallarlas ocultas en las calles. Como no podía contar con huesos reales, en su efervescente imaginación, ideó la forma de modelar tibias, cráneos y costillas usando asfalto sólido como materia prima.

Lo que comenzó como una travesura bien lograda, se convirtió en un oficio para él porque otros niños no tardaron en pedirle elaboraciones similares para jugar también. Esta anécdota sería el primer contacto artístico de uno de los artesanos más destacados de la historia caraqueña y Patrimonio Cultural Viviente del Municipio Libertador: José Rafael Morales Trompetero.

Su talento innato estuvo estrictamente ligado a su vida a pesar de los obstáculos. Su papá no creía en seguir explotando tales cualidades ya que afirmaba que “la artesanía era un oficio para vagos” y le imponía especializarse en carreras de carácter técnico. Aun así, su mamá siempre le apoyaba en sus esfuerzos.

José, tenía una curiosidad que rebasaba cualquier temor y no esperaba mucho para improvisar en diferentes artes hasta el punto de alcanzar una pericia considerable. No pasó demasiado tiempo para que la gente le propusiera elaboraciones que nunca había realizado como ilustraciones. La pintura poco a poco se convirtió en una de sus pasiones personales.

Mostraba cierto desinterés ante los estudios, a pesar de no ir mal en clases, pero en cambio empleaba buen número de horas para dejar llevar su imaginación gracias a trazos coloridos. Trazos que ejecutaba de una forma especial con pinceles confeccionados con cerdas obtenidas de la cola de sus amigos caninos. Podría pensarse que sus actividades no concordaban con las de un jovencito pero José afirma que él “no era un niño como tal. Era un niño de gente pobre, de campesino. Los niños pobres estaban obligados a ser adultos en miniatura, a madurar repentinamente.”

Su trayectoria artística fue esculpida, cual madera tallada, por las experiencias que obtuvo en el taller de ebanistería donde entró como ayudante y se marchó como maestro. Allí hizo un gran amigo, “casi un padre”, su jefe Giorgio Latini, quien le recomendó hasta el cansancio que le relevara en su puesto como director en el actual Instituto de Capacitación y Educación Socialista (Inces) para compartir su vocación y ejemplo con los talentos emergentes. José se mostró algo renuente a aceptarlo e, inclusive, se atrevió a reprobar voluntariamente el examen de admisión tan sólo para no asumir tal responsabilidad. Sin embargo, tras la emotiva carta que le envió Giorgio, decidió tomar una nueva prueba que superó eximido.

Sin saberlo, descubrió que su experiencia como profesor sería muy enriquecedora. “De mis alumnos aprendí tantas cosas interesantes que es un pena no tener ahora una aula con muchachos. Ellos me daban tanto que vivía a través de sus ojos. El maestro es lo que quiere el alumno, le enseña a ser gente”, relata con emoción José, quien nunca abandonó las artes plásticas mientras trabajaba.

Tras casi treinta años de docencia, enmarcados por el compromiso con sus estudiantes, José Morales podía dedicarse a tiempo completo a la artesanía y a la lucha por mantener una postura firme en defensa del reconocimiento de su gremio por parte del derecho legal y la vida social. Este personaje siempre ha contado con un carácter reivindicativo ante la injusticia, siendo la voz de sus colegas artesanos. “Que me premiaran fue un logro para nosotros porque así demostramos que la artesanía criolla puede elevar su calidad, además de conseguir que nos oigan las quejas, que nos tomen en cuenta”, expresó José tras obtener el primer lugar de los premios “Artesaneando”, organizados recientemente por Fundarte. La pieza ganadora creada por él, se componía de la figura mítica de Reverón mientras pensaba en la siguiente pincelada de su obra. “Reverón para mí es un artesano, un artista, un ciudadano que se mantuvo firme ante los atropellos. Es un estandarte social”.

Entre sus creaciones, José cuenta con un puñado de ellas que son emblemáticas por su particularidad. Se trata de los famosos ranchitos, maquetas que recrean fielmente la vida real de los barrios caraqueños. “Era una forma de reclamarle a la Cuarta República la miseria que vivíamos”. Sus tres hijos también han colaborado con la confección de los ranchitos, contando cada uno con su estilo propio y costeando buena parte de sus estudios superiores gracias a ello. Su esposa también era una fiel compañera en el arte y, aun ahora, se mantiene como líder popular del gremio.

En total, José Morales ha dedicado su vida a la escultura, la pintura, la utilería y escenografía, el aprendizaje, la justicia social y el amor por su familia. Hasta tuvo oportunidad de venderle a Chávez, la primera vez que coincidió con él, una figura que lo representaba. Con ciudadanos así, tan entrañables, humildes y creativos, el enriquecimiento cultural y humano de Caracas está garantizado.

Texto: Ariana Mendoza / Fotos: Jacobo Méndez

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