Otredad y devenir en la letra de Raday Ojeda

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Vinculado al río del lenguaje se aproxima nuestro argonauta ̵ lector en su bongo de imágenes a subvertir todo lo leído a trasegar lo estudiado en sus penumbras, o enjundiosas soledades para volcarnos tras la ola de la otredad en el signo de nuevas y caducas identidades, solapadas en los sonidos de vocablos abstrusos o falsos espejos, donde el imaginario relata y regresa cargado de tiempos pespunteados de arena en los tremedales recuerdos de río y sabana, allí, donde el piloto elabora su bitácora de sueños, allí donde toda evocación está permitida por el olvido, la cicatriz, o nada más que un recuerdo licencioso.

El uso y abuso frecuente de espejos y espejismos en la ebria latitud de la página en La violenta maquinaria del olvido hace proyectar en el papel, un sin número de sombras de fabulados mitos y fauna; allí, cada cárcava dialoga con las paredes con el barro y su pastosa esencia. Espacio para la realización donde Raday funge de médium para propiciar en Selene o en las tripas del ganado o la llanera tinaja y el fogón; el padre y los aguaceros; los ladrillos atizados del hogar y el espumoso corazón de María Eugenia (Madre) donde funda una nueva voz, una nueva estancia y desde el lenguaje pronuncia sus apetitos u honra al nombrar las clavellinas; auspiciando sereno cual un Otomaco llorando a la luna la vendimia de sus palabras, en cuya esencia y ausencia, sólo insinúa la muda evocación.

La letra en Ojeda es tradición, entendiéndose esta noción bajo la sentencia de Guillermo D´Ors “Todo lo que no es tradición es plagio.” En el hacer poético de nuestro bardo encontramos reminiscencias simbólicas de todos aquellos que han sufrido la diáspora y el exilio ante la pérdida del origen, la familia o del amado suelo. Sin perder de vista la exaltación del terruño y su acervo. La palabra ante el sufrir se acendra a manera de vórtice en nuestro subconciente para generar desde los vocablos y tropos deliberados el hecho de la identidad. Empero, identidad asumida desde la distancia y la otredad. Estos menesteres de hilvanar esta tradición cargada de evocaciones, ausencias y heridas nos trasladan entre otros a la letra de Homero o bien a “La tierra baldía” de T. S. Eliot (1922) como ejemplos foráneos; así como rememora en sus acentos a otros nacidos en nuestro suelo, delos cuales citaremos a: Pío Tamayo en su ya antológico poema Homenaje y demanda del Indio que recitó en el Teatro Municipal de Caracas en 1928 tanto a los estudiantes como a la reina Beatriz I, en plena dictadura gomecista. He aquí, un canto contra el despotismo y un conjuro para redescubrirnos en la matria y su recuperación desde el ejercicio del lenguaje; osadía que le costó a nuestro vate, perder su libertad y su vida. Otra grupo de poetas que se inscriben en esta modalidad tradicional de exaltar las virtudes de la tierra y su acervo, como la voz y mirada desde el éxodo y el destierro, incluiremos a manera de balance celebrar a: J. A. Pérez Bonalde y su “Vuelta a la patria”, José A. Ramos Sucre en su poema “El Mandarín”, Vicente Gerbasi y “Mi padre el inmigrante”; “Si el verano es dilatado” (1968) y “Resolana “(1980) por Luis Alberto Crespo ; cerrando con el círculo solar de nuestros elegidos con el poema “Derrota” (1963) de Rafael Cadenas y sus ponderados libros “Los cuadernos del destierro” (1960) y “Falsas maniobras” (1966) entre otros que me disculpo por obviar.

También concurren aquí las voces del río y la arena; los tremedales zurcidos en Flor de Bora, (2011) de J.G. González Vivas y en Tierra negra, (1994) o Carama (2000) dados a la luz por Igor Barreto. Versos hijos de la espuma en los peces enhebrados en la aguja de oro de la escritura; vapores, sonidos, aves que hieren la página y el cuero del ganado. La sangre dilatada de su padre el día que la noche tasajeo la luna en los fragmentos del viento en los cuibas o en la oscurana muda de los otomacos; ¿y qué hay de lo sido en los murmullos y el lloro de los Yaruros bajo la nocturna sombra de un zamuro? Sólo, la poesía podrá respondernos.

Por Roger Herrera

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